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Arcipreste de Hita

 

EL LIBRO







 

ANDARIEGO

Era un lujo disponer de una mula o de un caballo, y los caminos que permitían el paso de carros no eran muchos. Juan Ruiz, clérigo andariego, nos habla a menudo de sus desventuras por la sierra, siempre expuesto a perder la mula o el camino.

Dibujo de Oscar Estruga

EL

ARCIPRESTE

CAMINANTE

 

Por el Profesor Manuel Criado de Val

Los caminantes medievales como Juan Ruiz buscaban, siempre que les era posible, las viejas líneas de comunicación romanas. Por lo general, no eran viajes largos y bastaba con caminos donde existiera un puente o un vado al llegar uno de los dos grandes obstáculos tradicionales: el río.

Era un lujo disponer de una mula o de un caballo, y los caminos que permitían el paso de carros no eran muchos. Juan Ruiz, clérigo andariego, nos habla a menudo de sus desventuras por la sierra, siempre expuesto a perder la mula o el camino. En cambio, nunca recuerda más asaltos que los de las serranas y pastoras que guardaban los pasos difíciles.

Desde Hita, Juan Ruiz iba y venía a la sierra segoviana. Pasaría a menudo por Beleña, que apenas conserva el recuerdo de haber sido una de las doce villas principales del reino de Toledo.

La importancia estratégica de Beleña, que dominaba el paso del río Sorbe, y la cañada que bajaba de Somosierra, impulsó al Marqués de Santillana, señor de Hita, a hacerse también dueño de su castillo, lo que consiguió al cabo de un largo litigio. En la puerta de la iglesia románica de Beleña, pueblo que el Arcipreste indudablemente conocía, aparecen las figuras rústicamente representadas de los meses: el hombre matando a un cerdo (Enero), calentándose al fuego (Febrero), podando (Marzo), la muchacha con un ramo de flores (Abril), el caballero cazando con halcón (Mayo), el campesino escardando y recogiendo fruta (Junio), segando (Julio), trillando (Agosto), vendimiando (septiembre), transportando vino o aceite (Octubre), comiendo en un banquete (Noviembre).

Al llegar a la sierra le esperaban a Juan Ruiz muchas aventuras. Su eterno buen humor no nos deja saber si fueron ciertas o imaginarias. Unas veces la pastora con que se encuentra es arisca y no se entretiene en palabras:

La Chata endiablada,
«Que Santillán la confunda!
Arrojóme la cayada
E rodeóme la fonda,
Abentó elpedrero:

«Por el padre verdadero,
Tu me pagarás oy la rronda»
 
(963).
 

Bajaría al valle de Lozoya, centro vital de la sierra en la Edad Media. El Monasterio del Paular, fundado en los últimos años del siglo XIV, era todavía palacio real de caza. Y seguiría a Segovia por el puerto de Malagosto o por el de Navafría:

Lunes ante del alva començé mi camino.
Fallé çerca el Cornejo, do tajava un pyno,
Una sserrana torda; dirévos qué m'avino:
Cuydós'cassar conmigo como su vesino.
Preguntóme muchas cosas: cuydós' qué era pastor;
 
(9934).
 

En otras ocasiones su paso sería el puerto de la Fuenfría o el de la Tablada, cerca de Guadarrama, donde también tuvo un famoso encuentro

Yo l'dix: «Frío tengo
E por eso vengo
A vos, fermosura:
Quered, por mesura,
Oy darme posada.»
 
Díxome la moça:
«Pariente, mi choça
El qu'en ella posa,
Conmigo desposa,
E dame soldada»
 
(1. 026 7).

 

Durante una larga temporada viviría Juan Ruiz en Sotos Albos. Quizá en relación con su maravillosa iglesia románica. Allí pudo ver muchas de las escenas de animales que con tanto brillo nos describe:

«La puerca bajo los sauces
rodeada de mucho buen cochino.»

Y de Sotos Albos a Segovia. A gastar el dinero en las fiestas y en las ferias. No le quedó buen recuerdo a Juan Ruiz de Segovia y a los tres días volvió para su casa.

No es extraño, ya que en Segovia estaba el centro principal del comercio de la lana; el paso de la trashumancia; las industrias de cueros y telas... Y era también la ciudad alegre adonde se iba a gastar el dinero; a las ferias y a las fiestas.

No es muy difícil imaginarse a nuestro Arcipreste paseando su ocio de buen caminante por sus contornos. No pasarían inadvertidos a su atención y a su enorme curiosidad ni los menores detalles de sus iglesias ni de sus casas. Nos cuenta una extraña historia que no acabamos de descifrar. Había ido, dice, a Segovia, a ver una especie de monstruo o serpiente &laqno;Groya», que posiblemente sería una &laqno;tarasca» de ferias.

Caras expresivas, casi caretas, en la imaginería segoviana. Muy de acuerdo con el estilo pintoresco en que nos imaginamos los misterios representados ante la Catedral; las alegorías burlescas de Doña Cuaresma y de Don Carnal.

Dibujo de Oscar Estruga
tomado de la Edición de Marte del Libro de Buen Amor

 



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